LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
De cómo el emisario submarino
envuelve con sus vapores la zona del parque o por qué las aguas
inmundas de la capital tienen que salir justo en una zona de tránsito
de turistas y ciudadanos
Es una pena que las fotos no puedan transmitir
olores. Todo se andará. Si al mirar la foto de la derecha el
lector pudiera captar el sutil hedor que ayer, sin ir más lejos,
surgía del emisario submarino que viene a sacar sus miserias
a la altura del Parque de San Telmo comprendería la estampa exótica
que se ofrece al visitante cuando sale de la estación de guaguas.
De paseo, los efluvios submarinos se mezclan con la colonia del que
pasa, la plancha del bar de la izquierda, el sintecho del césped
de enfrente. Un aromático conjunto.
Según los habituales de la esquina que
conforman las calles Bravo Murillo y Venegas, sentir el perfume embriagador
que llega desde el mar ocurre al menos dos veces a la semana. Nosotros
lo captamos ayer mismo, unido a una gran mancha marina que pasaba desde
marrón al blanco por casi todos los colores en la superficie
de la marea ante el monumento a la vela latina.
Sabiendo que el olor es la impresión que
los efluvios producen en el olfato, los perfumistas tratan de alcanzar
esa fragancia casi perfecta que encandile a miles de personas con sólo
levantar un taponcito. Algunos lo han conseguido tras mucha investigación,
pero ni de lejos de forma tan masiva como lo ha logrado el emisario
submarino: todas las personas que pasan por esa esquina, turistas incluidos,
coinciden en que la peste, hedor, efluvio, fragancia pestilente u olor
asqueroso no invita a quedarse.
La mancha, puesto que vivimos de espaldas al
mar, habrá sido detectada por pocos visitantes; el muro de la
avenida marítima se encarga de esconder bien esas cosas. No así
el olor.
Por la mañana, con el calor intenso y
la brisa ligera, el pestazo se dejaba notar más que por la tarde,
cuando los niños llenaban el barco pirata de San Telmo, los jóvenes
entraban a la Biblioteca del Estado, muchos vecinos subían y
bajaban de las guaguas y algunas parejas de turistas se tapaban la nariz
para cruzar la calle en la esquina de abajo del parque.
A los vecinos de la zona de San Telmo-Venegas
no les hace ni pizca de gracia que las impurezas líquidas capitalinas
salgan al contacto del olfato de todo quisque en la puerta de sus viviendas
y se cuele en ellas a través de las ventanas abiertas, pero tampoco
a los comerciantes y empresarios, que sostienen, con razón, que
cómo va alguien a sentarse en un bar o terraza al aire libre
a tomarse algo con ese hedor en suspensión.
El perfume perfecto
Jean Baptiste Grenouille, el protagonista de
El perfume, un libro de lo más oloroso escrito por Patrick Süskind,
se marca como objetivo en la vida la consecución del perfume
perfecto, el compendio de todos los olores suaves y agradables que pudiesen
existir.Como meta no está mal, sobre todo para alguien sin olor,
contrahecho y cuyo aspecto causa repulsa a sus semejantes. El problema
es que llega a la convicción de que el perfume perfecto requiere
como ingrediente principal los efluvios de jóvenes vírgenes;
y para lograrlos no duda un segundo en recurrir al asesinato.
Vamos, no es eso lo que se me ocurre. Que para
quitar la asquerosa fragancia que envuelve el entorno de San Telmo tampoco
hay que matar a nadie. Baste con arreglar las posibles averías
que el dichoso emisario presente, o bien, como sería de mayor
juicio por parte de los responsables de la cosa pública, que
la tubería correspondiente (tubo, canalillo, cable, emisario
o cualquiera que sea su nombre) salga al mar -si no queda otro remedio-
a una mayor distancia de la costa.
Total, a los barcos fondeados por allí
tampoco creo que les preocupe mucho
Fuente: Canarias 7, 30-09-04

Una
mancha marrón tiñe el frente marítimo de la capital
grancanaria
05-04-04
El vergonzoso emisario de Santa Cruz